
“La base de la alimentación en el mundo rural soriano, que es como decir en toda la provincia, ya que el mundo urbano apenas tenía relevancia entre la población, fue especialmente el pan y sus derivados. Hasta que los pueblos fueron desapareciendo (a partir de los años sesenta del siglo XX), no llegó a notar la capital un cierto repunte poblacional, que ha ido creciendo hasta albergar en la actualidad casi al cincuenta por ciento de los sorianos. Para la elaboración del alimento básico que es el pan sólo es necesario harina, sal, agua y levadura. La levadura, o bien la preparaba en casa la mujer con harina, agua y un chorro de vinagre, o bien se conservaba una parte de la masa y se la pasaban las vecinas, era la levadura madre, madre a secas, reciento o recentadura. La proporción para una buena hogaza de pan es dos kilos de harina, un litro de agua caliente, un cuarto de levadura y veinte gramos de sal. Es necesario cerner la harina en los cedazos, sobre unas varillas, desde donde cae a la artesa, recipiente donde se amasa. Se le añade la sal, la levadura y el agua y la masa y se deja en una canasta para que fermente, tapada con los tendidos blancos de lino fuerte. Algunas mujeres, como costumbre, fueran o no creyentes (que casi todas lo eran), decían una oración, o una pequeña sentencia, del tipo, Dios te bendiga, o Dios te crezca. Desde los hogares se transportaba hasta el horno, pero antes se le hacía la marca a las hogazas, por si cocían varias mujeres, distinguirlas. Y de nuevo, al meter las piezas en el horno, se repetía alguna plegaria del tipo San Juan te haga buen pan”.


Esto escribía yo en la publicación de “Tal y como vivíamos”. Siempre me ha fascinado el mundo de las panaderías, debido a que de pequeña, en Jaén, pasaba buenos ratos en la de mis tíos, donde además de pan, y en ciertas ocasiones, se cocía de todo: mantecados, madalenas, ochíos… Hace ya unos años, compré la última hogaza de la antigua panadería de Castilruiz. La guardé durante muchos días y cuando decidí empezar a comerla, todavía estaba tierna. Durante este mes, Antonio Soria ha decidido despertar esa fascinación por los hornos, por el pan y por los inconfundibles olores que emanan de ellos. Porque la exposición de Antonio, “De masa madre”, parece que huele. Realista, al pastel, las cuarenta obras que expone en la sala de Espacio Alameda, se salen del marco. Antonio Soria quiere homenajear con esta muestra a su padre, que regentó en tiempos la panadería La Soriana, y con él a todos los panaderos que han sido, son y serán. El noble oficio de panadero. Junto a cada cuadro, puede leerse una sentencia, un dicho, referentes al pan. Es una exposición fresca pese a lo arcano, sincera, unos cuadros que llegan al fondo de todos quienes le visionan, todos se identifican con ellos, unas pinturas que apetece alargar la mano para coger el pan, el chorizo o la copa de vino. Antonio Soria es un maestro, como nacional, estuvo durante 21 años enseñando a niños en Covaleda y como pintor no se queda atrás.