Huellas de Soria

Huellas de Soria

La mirada primigenia (Soria, pueblo a pueblo)

Treinta años atrás recorrimos la provincia de Soria para saber, de primera mano, aquello que los sorianos quisieran contarnos. Unos meses antes, dos mujeres habían hecho lo mismo que nosotras pero con distintas intenciones: engañar a las mujeres para que les abrieran las puertas y poder hacerse con lo que tuvieran a ojo. Pese a eso, a nosotras nos trataron muy bien, nos hablaron, nos contaron, nos manifestaron su preocupación por la ausencia de tantos vecinos que, desde mediados del siglo XX, no cesaban de marchar por unas u otras razones y el deterioro que ello conllevaba tanto en los edificios como en el entorno de los pueblos y, fundamentalmente entre los quedaban custodiando, como vestales, lo que restaba de sus vivencias.

Conocíamos Soria casi desde siempre, pero habíamos visitado aquello que se suponía tenía más interés: iglesias románicas, castillos, palacios, en fin, lo que aparecía en las guías turísticas, pero buscábamos lo sencillo, esos núcleos de población de los que casi nadie hablaba.

Urdimos una técnica a partir del tercer o cuarto pueblo visitado que, junto a la amabilidad de las personas, hizo que hablaran confiadamente. Suponiendo que las costumbres serían parecidas, preguntábamos si ahí se practicaba tal o cual uso. Eso suponía que ya conocíamos muchos temas de los pueblos que visitábamos y era lo primero que sacábamos a colación. Buscábamos a las personas más mayores (en realidad la población más abundante), pero siempre se veían a sí mismas poco ancianas y nos remitían a las mayores “eso las mayores”, decían sin que pudiéramos evitar una sonrisa educada y cómplice. 

Aquella primavera y verano de 1995 el tiempo fue muy bueno y además de encontrar a los niños que pasaban el verano con los abuelos jugando en las calles, encontramos a grupos de hombres y mujeres practicando el juego popular de la provincia, el de las cartas: cinquillo, brisca, tute, mus…, cualquiera. Pudimos conseguir fotos de esta actividad en Almajano, Candilichera, Castillejo de Robledo, Castilruiz, Ituero, Pedro (las mujeres), Piquera de San Esteban, Rioseco de Soria, Sotillo del Rincón, Soto de San Esteban y otros pueblos. Por supuesto que en estos casos no hacíamos preguntas porque ya sabíamos que no íbamos a obtener respuesta. El juego de cartas en la provincia de Soria es tan sagrado como la Santa Misa.

Encontramos personas y situaciones que nos alegraban las visitas y nos hacían seguir adelante. Por ejemplo, en Tajueco se estaban preparando para el Cántico de las Ánimas, que tiene lugar la anochecida del 1 de noviembre, una impresionante tradición, apenas alumbrados por las animillas, pequeños faroles con una vela dentro. Pese a ser el día más importante en el pueblo de Tajueco, nos atendieron educadamente. En Alcoba de la Torre estaban celebrando reunión de Ayuntamiento, todos alrededor de una mesa, y nos permitieron fotografiarles. Como era verano, en Aldealafuente, Barahona, Casarejos, Chércoles, Montuenga de Soria, Valdanzo todos los niños posaron para nosotras.

En Aldeaseñor y otros pueblos nos cantaban albadas, esos sencillos y emocionantes cantares de boda, y luego, por correo, nos enviaban la letra, así que en el libro se puede encontrar una buena colección de ellas. En La Hinojosa, la buena de Encarna posó con todos sus pupilos, por cierto, en todos nuestros viajes a ese lugar del oeste provincial, nunca hemos logrado pagar las consumiciones, Encarna, que regentó durante años la tienda-bar, nunca lo consintió. En Borjabad, se encontraban en hacendera, algo que todavía permanece, especialmente en Sarnago, donde son maestros en esa actividad. La señora Corpus, de Cerbón, nos dejó grabado para siempre su nombre y todavía la recordamos en una gran mesa del bar del centro, rodeada de otras vecinas, contándonos historias, costumbres y tradiciones de ese precioso pueblo con una iglesia y dos ábsides.

La señora Dorotea, de Beratón, nos salió a despedir a la puerta de su casa; María Luisa se giró hacia Isabel y le dijo “le haremos una foto, ya no vamos a volver a verla”. No la vimos más, pero supimos de ella unos años después; antes de fallecer le dio un recado a su hijo: “envíales esto a las periodistas”, y nos llegó desde Zaragoza una carta con el “romance del robo de Beratón” escrito a mano por ella. La señora Dorotea nos había mostrado las cartas que dirigía a todos los estamentos necesarios, incluido el Defensor del Pueblo, por el problema que tenía con el agua ese hermoso pueblo a los pies del Moncayo.

Cuando el recorrido tocó en verano, tuvimos la suerte de presenciar parte de las fiestas populares, como en Espejón celebrando la “olla de mayo”, en Fuentecambrón el soga-tira, en Los Villares, la quema del Judas, en Momblona, Torrubia, Villaseca de Arciel y Tajahuerce jugando a los bolos, mujeres, siempre mujeres, en Peñalba de San Esteban celebrando Santa Águeda. En Somaén andaban de matanza, en esta ocasión cosa de hombres Otras veces nos prestaban sus recuerdos escritos, como en La Riba de Escalote, Muriel de la Fuente, Valderrodilla, supongo que los devolvimos todos. Actividades rurales sorprendían nuestros ojos, como a las mujeres escamochando alubias en Barcebalejo y Valdemaluque, o pesando el azafrán en Valtueña.

Los vendedores ambulantes eran también una constante, como en Ligos, Morcuera. O el artesano de San Esteban con sus muestras de madera. O la tienda de Arturo, en Miño de Medinaceli, la nieta nos escribió con agradecimiento. La tienda de Pedro, en Yelo. Lo de las tiendas de ultramarinos merece capítulo aparte que ya le dedicamos en su día en nuestra web www.soria-goig.com Arturo, vendía de todo, como es propio de ese estilo de tiendas pero, especialmente un vino añejo de consagrar sin nada que envidiar a otros de lugares más festejados. Hoy esa tienda es un supermercado. La de Pedro, en Yelo, con sus congrias secas colgando y sus gallinas picoteando en la parte de afuera, es en la actualidad, un bar reluciente de cromados.

Como buscábamos a los mayores, casi todos se han quedado por el camino. Cuando, con el fin de hacer rutas para la web volvimos a algunos lugares, ya no quedaba nadie de aquella primera etapa. Habían desaparecido las panaderías, como la de Quintanilla de Nuño Pedro, y las tiendas de coloniales. Nos dio tiempo a comprar la última hogaza de Castilruiz, huérfana en una gran estantería, esperando el cierre al día siguiente. Porque si había tiendas o panaderías, siempre comprábamos, como seguimos haciendo.

Fue un año maravilloso, irrepetible ya por causas relacionadas con la edad. Viajábamos en un viejo coche del que no recordamos ni la marca, sólo que era de color rojo. Aprendimos a conocer estas tierras de Soria, sus paisajes, sus cambios de cielo y de aguas, su gastronomía, las tierras del cereal, de la viña, los domésticos bosquecillos de carrascas y los altivos pinares, las personas que las habitaban y las que se fueron, y como sólo se ama, o se odia, lo se conoce, nosotras optamos por lo primero. Después decidimos crear la página web, que ahora está en proceso de cierre, pero eso ya es otra historia. Todo lo demás, las personas, los lugares, las situaciones, se grabaron para siempre, aunque ya no podamos repetirlo físicamente, lo hacemos con el pensamiento. Algunos jóvenes que quedaron fotografiados en el libro, todavía nos recuerdan. Pensamos en Enrique Borobio, de Rebollar, junto a su padre y su abuela, hoy trabajando en Cultura de la Diputación de Soria. O en Javier Martín Olmos, de Miño de San Esteban, gerente de la Mancomunidad del Mío Cid en la actualidad. Y tantos otros.

Para no ensuciar esos recuerdos, en parte aquí plasmados, omitiremos el rebote que se cogieron los pseudointelectuales y hasta los intelectuales del momento, denostando el trabajo, pero siempre soto voce. Eso es también otra historia que no merece ni recordarse.