
Foto: nuevorumbo.es
Le cupo el honor a Soria de ver nacer, concretamente en La Rasa, a una persona única, luchadora, honesta y todos los epítetos que cada cual quiera añadir. Se trata de Marcelino Camacho Abad (1918-2010). Nació en una caseta de ferroviarios donde su padre era guardagujas y nunca llegó a ostentar más riqueza que esa y un piso de obreros, previo haber pasado por vivir realquilado. Obrero metalúrgico, fue uno de los fundadores de Comisiones Obreras y primer secretario general además de diputado a Cortes en Madrid por el Partido Comunista. Su vida fue una lucha continua: condenado a trabajos forzados se fugó de Tánger para ir a Argelia, concretamente a Orán, donde conocería a la otra mitad de su vida: Josefina Samper (Almería 1927-Madrid 2018), pero criada en Argelia, también exiliada, con quien se casó en 1948. Josefina era, y fue toda su vida, costurera. Otra Josefina y otra costurera, como Josefina Manresa, joven viuda de Miguel Hernández. Mujer admirable.

Carabanchel fue la casa (no hogar) de Marcelino durante muchos años. Todos recordarán el proceso 1001, del Tribunal de Orden Público, que metió en la cárcel a toda la dirección de Comisiones Obreras y cuya primera jornada coincidió con el asesinato de Carrero Blanco. Las penas fueron muy duras, después rebajadas y, finalmente, todos indultados por el rey Juan Carlos I. Allí estaba también Nicolás Sartorius, entre otros, y como abogados defensores, Cristina Almeida y Paca Sauquillo, entre los más relevantes. Marcelino salió con uno de los jerséis de ochos que le tejía Josefina entre vestido y falda de los encargos que le hacían para coser en una máquina antigua hoy, única entonces, como la que tenía mi madre. Y siempre con la policía político-social en la chepa. Después llegaron las medallas y distinciones, los honoris causa y el descanso de Josefina y de Yenia y Marcel, sus hijos, que habían vivido una vida tan dura como el propio Marcelino. No hay que olvidar que al padre de Camacho (miembro de la UGT) le detuvieron e interrogaron para enjuiciarle por responsabilidades políticas. Era ferroviario en la línea Valladolid-Ariza, un sector en el punto de mira de la guerra y la posguerra. Fue Marcelino varias veces reelegido como secretario general de Comisiones Obreras hasta que llegó Antonio Gutiérrez. El sindicato se iba escorando hacia el PSOE. Cuando perdió esas elecciones, Josefina, como siempre, estaba allí. Ante ella pasarían la máquina de coser, la olla donde cocinaba para todos los compañeros, los largos años de soledad, todo, menos el miedo, tengo la percepción de que miedo no tuvo nunca.


Y ahora, recordando todos aquellos años, cuando veo a niñatos y nostálgicos queriendo borrar todo aquel sufrimiento, los derechos que costaron sangre, retorciendo la historia, pienso en todos aquellos que se dejaron parte de la vida en cárceles, a las josefinas que se dejaron la salud apoyando a sus hombres, a hijos que padecieron la ausencia y me parece que existe en este país unos túneles franquistas que, como los muertos vivientes, van aflorando a la superficie, junto a un analfabetismo funcional del que ha sido culpable la educación no recibida cuando se debía dar.